Miedos que muerden, miedos que habitan
Algunos tienen forma y se pueden enfrentar. Otros, en cambio, se instalan en silencio y nos obligan a mirar hacia adentro.
Dos libros, dos formas de temer… y una misma pregunta sobre la fragilidad
Hay miedos que tienen forma.
Dientes. Agua oscura. Algo que se mueve bajo la superficie.
Y hay otros… que no se ven, pero nos habitan.
En Tiburón, de Peter Benchley, el peligro es claro: algo acecha desde el fondo del mar. Se lo puede nombrar, señalar, incluso cazar.
El miedo tiene cuerpo.
Pero en El camino de las lágrimas, de Jorge Bucay, el miedo es otro. No muerde desde afuera: se instala en lo que duele, en lo que se pierde, en lo que ya no vuelve.
Uno nos persigue.
El otro nos atraviesa.
Y, sin embargo, ambos nos enfrentan con lo mismo:
la fragilidad.
Leer estos libros en diálogo es entender que no todos los peligros hacen ruido.
Que algunos llegan en silencio.
Que hay batallas que no se libran con redes ni con barcos…
sino con tiempo, con palabras, con aceptar.
Quizás por eso volvemos a los libros.
Porque nos permiten mirar de frente incluso aquello que todavía no sabemos nombrar.
Tal vez alguno de estos libros no llegue a vos por casualidad.
Tal vez —sin que lo notes— ya esté orbitando tu historia.
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