El día que encontré a Frankenstein
A veces aparecen en un cajón olvidado, en una casa que cambia, en el momento justo en que alguien está listo —aunque todavía no lo sepa— para encontrarlas.
A mis nueve años, mi avidez por la lectura crecía, imparable. Había robado libros de la biblioteca primaria sin que la conciencia me aguijonara ni un poco, y me encerraba ahí mismo a hurgar, evitándome los recreos; en ese recinto de polvo y papel había un refugio que me convocaba.
Pero en casa había un tesoro oculto, inesperado, que un día me fue
revelado por obra de mi madre. Siempre son las madres las que tienen esa capacidad revolucionaria de hacer aparecer lo perdido, de iluminar el camino del encuentro. Mi hermano mayor se había ido de casa hacía tiempo y no venía seguido, así que cada visita era una celebración, aunque plagada de una nostalgia extraña. En esa ocasión, mamá le insistía para que ordenara sus objetos personales, abandonados en su antigua habitación. Yo lo miraba embolsar papeles y separar ropa, cuando abrió un cajón blanco, del que extrajo una pila de libros y los sostuvo entre sus manos. Uno era una edición ajada de Frankenstein. La mirada terrible del monstruo en la portada me llevó a apoderarme del libro, aferrándome a él con fuerza. “No vas a entender” dijo mi
hermano, ya sabiendo que no me iba a disuadir de leerlo. Por supuesto, tomé aquella lectura como un desafío.
La confusa novela decimonónica me llenó de estupores. Sin que mi
hermano se fuera de casa, habrían pasado años más para que él abriera el cajón. Sin esa fractura familiar y el ímpetu de mi madre por “sacar lo viejo y usar lo que sirva”, la fascinante Mary Shelley no habría podido ingresar en mi alma con esa fuerza que lo desconocido y lo ininteligible tienen en la niñez, y quizás yo jamás habría dicho “cuando crezca, quiero escribir como ella”.
Comentarios (0)
¿Quieres comentar?
Inicia sesión para participar en la conversación
Iniciar Sesión RegistrarseAún no hay comentarios
¡Sé el primero en comentar este artículo!