Fernando de Vedia escribe como quien abre un sombrero y deja salir maravillas. Sus palabras no caminan: vuelan, hacen piruetas, se esconden y reaparecen con una sonrisa. Tiene el raro don de hablarle a la infancia sin subestimarla, de encantar sin explicar el truco, de convertir el lenguaje en juego.
En sus textos, la palabra se vuelve criatura viva: canta, pregunta, se equivoca, vuelve a intentar. Los niños escuchan y quedan atrapados, porque allí no hay lección sino aventura, no hay moraleja pesada sino asombro. De Vedia sabe que la imaginación es un territorio sagrado y lo recorre con respeto y alegría.
Leerlo —o escucharlo— es entrar a un espacio donde la literatura no baja línea: abre puertas.
Libros que despiertan risas, curiosidad y ese silencio precioso que sólo aparece cuando la magia está funcionando.
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