Roger Peyrefitte nunca escribió para quedar bien.
Escribió para desacomodar.
Con una prosa pulida, casi cortesana,
deslizaba verdades incómodas
como quien deja caer una copa de cristal
en medio del salón:
el ruido era inevitable.
Su escritura combina inteligencia, ironía
y una franqueza que no pide disculpas.
Observa las instituciones, las costumbres,
los gestos respetables,
y les levanta la alfombra con elegancia.
Allí aparecen los deseos escondidos,
las hipocresías prolijas,
las pasiones que nadie quiere nombrar.
Peyrefitte sabía que el escándalo
no nace del exceso,
sino de la verdad dicha sin maquillaje.
Por eso sus textos incomodan:
porque no juzgan desde arriba,
sino que exponen desde adentro.
Hay en su obra un juego constante
entre el refinamiento y la irreverencia.
Nada es grosero,
pero todo es audaz.
Cada frase parece sonreír
mientras clava el diente.
Leerlo es aceptar el desafío
de una literatura que no tranquiliza.
Que no consuela.
Que observa al ser humano
con lucidez mordaz
y le devuelve el reflejo
sin filtros.
Roger Peyrefitte escribió
como quien abre ventanas
en habitaciones demasiado cerradas.
Y una vez abiertas,
ya no se pueden cerrar del todo.
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