Goethe escribió como quien no acepta elegir
entre razón y fuego.
En su obra conviven el científico que observa,
el poeta que arde
y el espíritu inquieto que pregunta
qué significa, de verdad, estar vivo.
Su prosa y su verso tienen respiración larga.
No se apuran.
Avanzan como un río ancho
que sabe rodear piedras
sin perder profundidad.
Goethe mira al ser humano
con curiosidad infinita:
sus deseos, sus contradicciones,
su hambre de absoluto
y su miedo a perderse en él.
Hay en su escritura una tensión constante:
el impulso que quiere volar
y el límite que obliga a pensar.
De ese choque nacen personajes
que buscan, que dudan, que pactan,
que aman con intensidad peligrosa
y pagan el precio de su lucidez.
Goethe no escribió para dar respuestas cerradas.
Escribió para ensanchar la experiencia.
Para recordarnos que la vida es transformación continua,
que nada permanece igual
y que crecer también implica perder algo en el camino.
Leerlo es caminar junto a una mente vasta,
una que no teme la complejidad
ni el misterio.
Es aceptar que el conocimiento puede ser poético
y que la poesía también puede pensar.
Goethe sigue ahí,
siglo tras siglo,
susurrando lo mismo:
vivir es atreverse a mirar el mundo
con todos los sentidos despiertos.
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