El escritor que desconfiaba del ruido y elegía pensar
Rafael Sánchez Ferlosio escribió como quien se sienta aparte,
en una mesa lateral del mundo,
lejos del aplauso y del griterío.
No porque no tuviera algo que decir,
sino porque sabía que las palabras importantes
necesitan silencio para no deformarse.
Su prosa es exigente,
filosa,
profundamente lúcida.
No busca agradar: interroga.
Ferlosio escribe para desmontar certezas,
para incomodar ideas cómodas,
para mostrar que el lenguaje también puede mentir
si no se lo mira de frente.
Fue narrador y fue pensador,
pero sobre todo fue un observador feroz
de las trampas del poder,
de la épica vacía,
de los relatos que se repiten hasta volverse dogma.
Sus textos avanzan con la paciencia del que no corre carreras
y con la precisión del que sabe
que cada palabra pesa.
Hay en su escritura una ética severa:
la de no conceder nada al ornamento inútil,
la de no simplificar lo complejo,
la de no convertir la literatura en consuelo fácil.
Leerlo es aceptar un desafío:
pensar más lento,
más hondo,
más incómodo.
Ferlosio no ofrece refugio,
ofrece claridad.
Y en un mundo saturado de consignas,
esa claridad se vuelve un gesto radical.
Leerlo es aprender
que la inteligencia también puede ser
una forma de resistencia.
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