La mujer que escribió con las manos agrietadas por el frío
Catherine Poulain no escribe desde un lugar cómodo.
Escribe desde la intemperie,
desde el cuerpo cansado,
desde ese punto exacto donde la vida no se piensa:
se resiste.
Su literatura nace lejos del ruido,
en trabajos duros,
en paisajes que no prometen nada
y sin embargo lo exigen todo.
Allí donde el frío cala hondo
y la soledad no es metáfora sino rutina,
Poulain encontró una voz
seca, honesta, sin adornos.
Su prosa es austera,
como una cabaña mal calefaccionada.
No busca agradar: aguanta.
Cada frase parece tallada con esfuerzo,
como si escribir fuera otra forma de sobrevivir
cuando el mundo se vuelve inmenso
y una se siente pequeña.
En sus historias no hay épica decorativa.
Hay cuerpos que trabajan,
mentes que se repliegan en silencio,
y una naturaleza inmensa
que no escucha plegarias.
Pero también hay algo raro y luminoso:
una dignidad feroz,
una libertad sin discursos,
una belleza que aparece
cuando nadie la está buscando.
Leer a Catherine Poulain
es aceptar el frío en la cara.
Y descubrir, con sorpresa,
que incluso allí
—en medio del hielo—
la vida todavía late.
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