Hay autores que nacen entre paredes,
y otros que nacen entre mareas.
Alberto pertenece a los segundos:
su infancia estuvo hecha de horizontes largos,
de desiertos que crujen,
y de océanos que hablan en voz baja
a quienes saben escuchar.
Periodista, buceador, viajero,
hombre de piel tostada y mirada de quien ha visto
lo que el resto solo imagina.
La vida lo llevó de un continente a otro
como si fuera un mensaje dentro de una botella:
siempre en movimiento,
siempre a punto de tocar otra historia.
Y cuando escribió,
su prosa llevó la huella de ese mundo ancho.
Sus novelas huelen a polvo sahariano,
a selvas intensas, a mares que no perdonan.
Son relatos donde la aventura no se disfraza
y donde el ser humano aparece desnudo,
con su coraje, su codicia,
y esa chispa que lo vuelve indomable.
Vázquez-Figueroa escribe como quien traza un mapa,
pero un mapa que palpita:
sus personajes no caminan,
avanzan con la urgencia del que sabe
que cada página puede ser un precipicio.
Siempre rebelde,
siempre inquieto,
tiene la rara virtud de convertir la vida real
en un viaje que huele a peligro y libertad.
En sus libros, uno no lee:
se lanza.
Porque Alberto Vázquez-Figueroa
no es solo un novelista,
es un cartógrafo de emociones extremas,
un explorador que eligió la palabra
para seguir navegando
cuando los caminos se quedaron cortos.
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