Escuchaba la historia donde casi nadie la oía: en la oscuridad de una cueva, en la curva de una piedra, en el polvo que parece quieto pero guarda siglos latiendo. Fue arqueólogo y explorador del pasado, pero, más que eso, fue un hombre que entendió que la memoria de la humanidad se sostiene también en lo que no se dice.
Su mirada era una luz pequeña y paciente. Sabía que el tiempo no se apresura. Que las huellas antiguas hablan en susurros. Que cada fragmento encontrado —un hueso, una vasija, un dibujo casi borrado— es una voz que regresa desde la noche más profunda para contarnos quién fuimos, quién somos, quién podríamos volver a ser.
Pericot no reconstruía ruinas: reconstruía presencias.
Sabía que cada objeto enterrado es un corazón detenido esperando otra oportunidad para latir.
Sus escritos y estudios fueron puentes tendidos hacia los primeros gestos humanos: el fuego compartido, la caza en silencio, la piedra tallada, la pregunta que inicia toda cultura. Nos ayudó a mirar hacia atrás no por nostalgia, sino para entender la raíz que sostiene nuestra rama.
Leerlo es sentir la tierra respirar.
Es comprender que la humanidad comienza en una mano que busca otra.
Que la historia no está muerta: duerme bajo nuestros pies.
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