Escribió como quien observa el agua quieta y sabe que debajo hay corrientes inmensas.
Sus historias parecen tranquilas al principio —una playa, una ciudad pequeña, un rostro que se mira en un espejo—
pero algo, algo profundo, empieza a moverse.
Porque Harris entendió que la identidad no es una estatua:
es una barca.
Un viaje constante.
Una pregunta que cambia de forma cada vez que la tocamos.
En sus páginas, los personajes se buscan.
Se desdoblan.
Se pierden un poco para encontrarse de otra manera.
Y el lector viaja con ellos, como si también llevara una brújula que a veces apunta hacia adentro.
Su prosa tiene el ritmo de la marea:
avanza, retrocede, susurra.
No necesita gritar para inquietar.
Basta un detalle: una mirada sostenida, una palabra que parece simple y no lo es.
Leer a Harris es navegar.
No por mares lejanos, sino por los estuarios secretos del alma.
Es saber que lo desconocido no siempre está afuera —a veces duerme justo debajo del nombre que creemos ser.
Y que la literatura, cuando es verdadera,
no revela respuestas,
sino puertas."
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