Nació en Filadelfia,
donde los sueños suelen andar con tacos altos
y las dudas se maquillan antes de salir.
Jacqueline llegó al mundo con un rumor en la sangre:
el de las historias que no quieren portarse bien.
Dejó su casa temprano,
como quien escapa hacia su propio destino,
persiguiendo luces de Broadway
y la ilusión de un escenario que la nombrara.
Actriz primero, sobreviviente después,
aprendió que la fama es un espejito tramposo
y que detrás del glamour
la soledad hace guardia con los brazos cruzados.
Entonces decidió escribir.
Y cuando lo hizo, escribió con todo:
con la garra, con el rouge,
con el corazón que late más rápido que el pudor.
Sus libros —muñecas, valles, adicciones, deseo—
fueron cocteles explosivos
que el público bebió como si fuera salvación.
Fue criticada, amada, cuestionada,
pero siempre leída, devorada, celebrada.
Jacqueline entendía el temblor humano
como pocos:
sabía que el éxito tiene resaca
y que el amor, a veces,
es un diamante que corta.
Vivió de prisa,
en stilettos y con un lápiz afilado,
y se fue temprano,
dejando tras de sí un rastro de letras brillantes
y mujeres que todavía hoy
se atreven a decir su verdad
gracias a su descaro luminoso.
Porque Jacqueline Susann
no escribió libros:
escribió incendios con forma de novela.
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