El flâneur porteño que buscó la vida en cada esquina y la convirtió en literatura
Eduardo Gudiño Kieffer caminó Buenos Aires como quien recorre un viejo amor: mirándola de reojo, riendo de sus caprichos, celebrando sus luces, perdonando sus sombras.
De ese paseo infinito nacieron sus historias: mezcla de ternura, ironía y una picardía suave que sólo poseen los que escuchan la ciudad como si fuera un tango conversado.
Escribió con el pulso cálido de los narradores que conocen las calles por su nombre, que saben dónde duermen los sueños baratos, y dónde se esconden las pequeñas maravillas que otros pasan por alto.
Su literatura respira veredas, cafés con mozos eternos, amistades que se vuelven refugio, y personajes que llevan el alma un poco arrugada pero siempre viva.
Gudiño Kieffer tenía esa magia difícil: hacer que lo cotidiano brillara.
Lo transformaba todo con una mezcla exacta de humor gentil y una melancolía que no pesa, sino que abraza.
Cada uno de sus relatos es una invitación a mirar mejor, a detener el paso, a descubrir lo extraordinario en la esquina más gastada.
Leerlo es como encontrarse con un viejo vecino que cuenta historias mientras acomoda el mate y mira por la ventana la vida pasar.
Uno escucha, sonríe, y cuando el cuento termina queda en el aire un calorcito que acompaña mucho después de cerrar el libro.
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