El cronista del desamparo tiernísimo y los perdedores que ganan en el corazón
Soriano narró el mundo como quien mira por la ventana de un bar de madrugada: con un cigarrillo a medio consumir, una sonrisa torcida,
y esa nostalgia que se posa en los hombros como un gato callejero que busca abrigo.
Sus historias están hechas de personajes que no llegan a héroes pero tampoco se resignan a ser sombras.
Son seres entrañables, desparejos, que tropiezan, dudan, exageran, y aun así avanzan con una dignidad luminosa
que solo los grandes escritores saben regalarles.
La prosa de Soriano tiene el ritmo de un tango que camina, de un relato contado en la vereda, de una verdad que se dice bajito
para que no se asuste.
Combina el humor y la tristeza con la naturalidad de quien mezcla dos vinos para obtener un sabor único.
En sus páginas el fútbol es refugio, la amistad es trinchera, y la patria —esa patria íntima, de barrio y memoria— es una casa hecha de afectos imperfectos y derrotas hermosas.
Leerlo es encontrarse con un amigo que siempre tiene una anécdota bajo la manga, que hace reír mientras aprieta el alma, y que ofrece, sin pedir nada,
un pedazo de humanidad cálida en un mundo que a veces se nos vuelve demasiado frío.
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