El equilibrista que tejió ironía y lucidez en la misma cuerda
Pérez de Ayala fue uno de esos raros escritores
que caminan por la literatura con la serenidad del que conoce
tanto el brillo de la razón como el temblor de la emoción.
Un equilibrista de la palabra,
capaz de hilar ideas como si fueran hilos de oro
y bordar personajes que respiran ironía fina,
esa ironía que no hiere: despeja.
Su escritura tiene la elegancia de un salón antiguo
donde se conversa sin apuro,
pero también la agudeza de una cuchilla escondida en un guante de terciopelo.
Cada página suya es una invitación a pensar sin solemnidad
y a reír sin perder el alma.
Pérez de Ayala observa el mundo como quien se acerca a un espejo trizado:
ve lo que somos, lo que fingimos ser,
y lo que nos da vergüenza confesar.
Y, aun así, nos mira con una benevolencia cómplice,
casi cariñosa:
la de quien ha entendido que la condición humana es una tragicomedia
y que la literatura es el escenario donde esa mezcla brilla.
Leerlo es dejarse guiar por una voz que discute con gracia,
que medita con humor,
que sonríe mientras señala la grieta.
Una voz que no grita,
pero que resuena mucho más que los gritos.
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