La costurera de sombras que bordó la noche con dientes y deseo
Hay escritoras que inventan mundos;
Anne Rice, en cambio, los resucitó.
Les dio piel, recuerdos, colmillos y un corazón que latía —a veces lento, a veces salvaje— bajo las capas del tiempo.
Fue una costurera de sombras:
tomaba retazos de mitos, plumas antiguas, confesiones murmuradas detrás de una cortina,
y con ellos armaba criaturas que no pedían permiso para existir.
Vampiros que filosofan a la luz de una vela,
brujas que cargan sus linajes como talismanes encendidos,
amores que no entienden de tumbas ni calendarios.
Su escritura era un espejo empañado:
uno se acercaba buscando miedo,
y terminaba encontrando deseo, fragilidad, nostalgia…
y ese extraño consuelo que da saber que incluso la oscuridad puede volverse hogar.
Anne escribió como quien acaricia la noche hasta que ronronea.
Con un lujo denso, casi barroco,
puso a dialogar la eternidad con la carne,
la condena con la belleza,
el hambre con la ternura.
Leerla es entrar a un salón donde las velas nunca se apagan,
y donde cada página murmura:
“No temas, mortal; la noche solo muerde a quien se niega a escucharla."
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