La narradora que escribe desde el temblor y la escucha
Alessandra Rampolla escribe como quien se sienta cerca,
sin invadir,
sin levantar la voz.
Sus textos no empujan:
acompañan.
Avanzan con la cadencia de una conversación honesta
que se anima a tocar lo que suele esquivarse.
Su escritura nace del detalle emocional,
de esas pequeñas fisuras
por donde se filtran el deseo, la duda,
la identidad que se pregunta
y el cuerpo que también piensa.
Rampolla entiende que la intimidad
no es exhibición,
sino cuidado.
Hay en su prosa una sensibilidad contemporánea,
clara, directa,
pero atravesada por una ternura lúcida
que no subestima al lector.
Habla de vínculos,
de elecciones personales,
de búsquedas que no siempre tienen nombre
pero sí consecuencias.
No escribe desde el púlpito,
escribe desde el estar.
Desde el escuchar antes de decir,
desde el respeto por las diferencias,
desde la certeza de que narrar
también puede ser un gesto de acompañamiento.
Leer a Alessandra Rampolla
es entrar en un espacio donde no hay juicios rápidos
ni respuestas cerradas.
Hay preguntas que respiran,
palabras que habilitan,
y una sensación persistente:
la de haber sido mirado
con humanidad.
Y eso, en estos tiempos,
también es una forma de literatura necesaria.
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